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ESTAMPA DE UN CABALLERO CRIOLLO

José Antonio Ansola, un correntino que encarna las tradiciones camperas, es la memoria del Litoral de antaño

Con la frescura de las historias narradas por Ernesto Ezquer Zelaya, los relatos de José Antonio Ansola se nutren de personajes casi legendarios que remiten al interlocutor al “Corrientes de las divisas partidarias y el odio banderizo implacable y latente, trabajado de continuo por generaciones de liberales y autonomistas (…), El Corrientes del varón homicida y leal; sumiso con quienes se ganaron su afecto y feroz con el adversario (…), Tierra gaucha del caballo, el alarido, el culero, la polca y el acordeón… Ibera legendario con sus montes, lomadas y esteros, querencia aún de matreros, donde de oye rugir al tigre en alguna noche de agosto, encandilan ciervos los faros del automóvil y los yacarés, dormitando en el agua barrosa, semejan leños a la deriva”, como señala Justo P. Sáenz (h), en el prólogo de “Poncho celeste-vincha punzó”.

José Antonio Ansola se definía como “un paisano ilustrado”, pero también como “un paisano de lo más rustico”. Su erudición, alimentada por la formación que recibid en el Colegio de La Salle, por su dominio del guarani y del francés, por su frecuente lectura de historia, filosofía y literatura, no se contraponía con su perfil de hábil jinete y enlazador, con su gusto por echar terneros a la uña o arrear vacunos atravesando la desafiante geografía de los bañados y esteros, con su vocación por ser peón entre los peones antes que terrateniente autoritario.

Con la sabiduría de más de ocho décadas de vida este gaucho correntino que recibió a LA NACION con los “finísimos versos de Muniagurria” y los recuerdos de aquellas historias sangrientas que se desarrollaron en torno del Ibera, demostró ser la memoria de la provincia litoraleña.

El dialogo con José Antonio se nutrió con la calidez de los mates y de las anécdotas que condensa con el lenguaje propio de los correntinos de antes.

“Hay términos en guarani que están completamente olvidados. Pero a la hora de rescatarlos, los paisanos desprecian lo que no se aprende por experiencia.” Un peón viejo decía; “El patrón sabe por libros”, descalificando mis comentarios cuando hablábamos sobre uno u otro termino ya en desuso”, explicaba Ansola.

De vez en cuando, los silencios y las pausas entre sorbo marcaban el secreto ritmo de sus pensamientos. La edad, lejos de erosionar los recuerdos de este paisano, alimentaban la nostalgia por Olaya (la esposa que creo la sociedad de beneficencia y fundo el hospital local), por el campo que vio madurar su amistad con la peonada y su destreza como jinete entre vacunos y tropillas de un solo pelo, nostalgia por la época en que patrones y empleados trabajaban a la par sin que los roles pusieran distancias.

Recuerdos de otros tiempos

La casa de Ansola en Mercedes esta poblada de objetos que protagonizaron los tiempos de antaño. La colección de los lujos camperos, que viste la sala principal, es una de las riquezas que Ansola atesoraba y compartía orgulloso, con los amigos que llegaban.

En unas vitrinas que junto con la biblioteca, cubren toda una pared se conservan unas riendas que se utilizaron en la Guerra del Paraguay, boleadoras de marfil, los estribos y el rebenque que fueron de su padre, espuelas de plata y el sable del almirante Rojas, que recibió de un amigo.

Los años no solo pasaron para este paisano sino también para los libros que, ya amarillentos, lo acompañaron en las tardes de solitaria reflexión y fueron un puente a la madurez.

La Biblia en guarani, “El payador”, de Leopoldo Lugones; “La estancia vieja”, de Eleodoro Marenco (de quien fue compañero en la Facultad de Agronomía de la UBA); “Pago Chico “, de Roberto Payro; “Don Segundo Sombra”, “Martín Fierro “, “Todos los fuegos el fuegos”, de Julio Cortazar, “Bomarzo”, de Manuel Mújica Lainez; las obras completas de Shakespeare, y “Crónica histórica de la provincia de Corrientes”, de Manuel Florencio Mantilla, habitan entre otras obras, la exquisita biblioteca de José Antonio.

Junto a la chimenea, se yergue el cencerro para llamar a los criados, el cuadro “El patrón” (que pinto en su honor Fernando Romero Carranza) y el escudo de la familia en cerámica.

En ese ámbito transcurría muchas horas para dejarse atrapar por las paginas de los libros, escuchar radio y olvidar cuan lejos estaba de sus tierras, de las que no quería despedirse porque su corazón no entendió de reconversión productiva ni de desventuras económicas.

Un hombre a la antigua

La conservación de las tradiciones es un estilo de vida para este hombre que “llevaba al gaucho en si, sacramente, como la custodia lleva la hostia”.

Esta actitud esencial no solo se observa en el pañuelo celeste anudado al cuello (prenda que no abandonaba porque “en esta provincia se nace y se muere liberal o autonomista”), sino también en el uso de amplias bombachas, de polainas de loneta, de alpargatas y largas espuelas, del tirador culero y del sombrero de ala ancha.

Situado en “una época en la que las costumbres se van perdiendo y la identidad del gaucho se transforma”, Ansola atesoraba la autentica estampa del paisano correntino. Aun en el ámbito urbano, la rutina de José Antonio no se desprende de las costumbres del campo. Se levantaba al amanecer, avivaba el espíritu con unos mates y con las polcas que llegan desde Radio Nacional del Paraguay.

Desde su habitación llamaba a su yegua Caú con un silbido que recibía un relincho como respuesta desde el terreno ubicado frente a la casa. Salía a cabalgar varias horas por las afueras de la ciudad y regresaba para picar leña y hacer las compras para la comida.

Después del almuerzo llegaba la siesta y los mates y los dialogas con Magdalena Frik y Charo Paiz (que están a cargo de la biblioteca y preparan vocabulario de usos correntinos y un libro con las historias que narraba Ansola).

Cuando se lo observaba cabalgar en dirección al horizonte, es posible percibir que su espiritualidad se nutrió de las andanzas en la tierra correntina

Su imagen era similar a la de Don Quijote de la Mancha, no solo por su altura y su delgadez sino, sobre todo, por su inclinación a la aventura, su rica imaginación, su respeto por la verdad y su disponibilidad para jugarse el cuero por un amigo.

Sus hijos y nietos heredan no solo la vocación por el trabajo rural sino la sangre de un caballero criollo que dejo huella en el Litoral.

Analia H. Testa

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