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CAPATAZ

Era un perro especial, era el perro del patrón, más aún del patroncito. Desde muy chiquito recibió todos los cuidados, buena alimentación, vacunas, antiparasitario, dormía en la mayoría, sobre un cojinillo dispuesto especialmente para él. De cachorro era juguetón y hasta cargoso, pero como era el perro del patroncito, todos debían tolerar sus impertinencias. Al único que Capataz respetaba era al patrón, al patrón viejo, le tenía cierto recelo y hasta temor.

Los otros perros de la estancia, enviaban a Capataz y buscaban inútilmente la forma de perjudicarlo, pero sin éxito, Capataz tenía siempre razón. Se paseaba haciendo gala de un renegrido y lustroso pelaje, de un cuerpo grande y estilizado, de un andar armonioso. Realmente era un perro que impresionaba y llamaba la atención de los visitantes de la estancia.

Capataz era la sombra del patroncito, estaba siempre con él, dormía bajo su cama, salía al campo con él, lo obedecía ciegamente. Capataz no miraba a los otros perros, parecía considerarse un perro superior, un perro distinto. En verdad lo era. Era el perro del patroncito.

Una vez, vinieron a la estancia unos peones de la estancia vecina a buscar “recoluctas”. Trajeron con ellos unos perros, donde sobresalía un enorme perro lanudo, que apenas llegó empezó a gruñir, a los perros de la estancia que pusieron distancia entre el perrazo y ellos. El lanudo se envalentonó y decidió mostrar su fortaleza y atacó a un perrito, que estaba cerca. El perrito comenzó a aullar de dolor a cada nueva mordida del lanudo. Capataz observaba la escena y fue en ayuda del perrito. Por un momento, el lanudo y Capataz se observaron fieramente, Capataz atacó primero, fue una lucha corta y feroz, el lanudo escapó aullando de dolor, con la cola entre las patas. Desde entonces Capataz se ganó el respeto y la admiración de los demás perros del establecimiento. Este fue un hecho de importancia en la vida de Capataz, pero no el más importante.

La vida de Capataz era de una felicidad total, el destino no podía depararle algo mejor. El destino, no sabemos ni siquiera intuimos, lo que nos tiene reservado.

Todo comenzó una mañana, cuando comenzaron a cargar en la camioneta las cosas del patroncito, se iba a estudiar a otra localidad. La despedida con su perro fue emocionante, se abrazaron como dos seres humanos. Capataz corrió largo trecho detrás de la camioneta, hasta que se perdió, no volvió enseguida a la estancia, anduvo vagando por el campo. No quería volver a la casa, estaba muy sola sin su dueño. Muy sola y triste. Empezó a no tener hambre, a sentirse inquieto, nervioso, irritable. De noche salía a vagabundear por el campo y lo único entretenido que tenía era jugar con las ovejas, las corría y de un pechazo las volteaba, después ya no se conformaba en voltearlas, las mordisqueaba en el cuello, a manera de juego, pero las ovejas animales delicados no toleraban los juegos de Capataz y morían o quedaban lisiadas.

El personal de la estancia, comenzó a recorrer el campo de noche en busca del perro dañino. A nadie se le pasó por la cabeza que Capataz pudiera ser. Todas las mañanas aparecían 8, o 10 ovejas mordidas que casi no se recuperaban. Además era difícil encontrarlas en el campo monte y morían abichadas.

Una noche como de costumbre salio a hacer sus juegos nocturnos, se mezcló con majada y comenzó a corretear, se lanzó sobre una oveja y la derribó de un pechazo, la oveja se incorporó rápidamente y Capataz se lanzó sobre ella, pero no llegó, escuchó un estampido y casi al mismo tiempo un terrible dolor, cayó y dio varias vueltas en el suelo y se reincorporó, sintió otro estampido y luego otro, pero Capataz ya estaba huyendo, se metió en la espesura del monte y sintió un nuevo estampido, la pata izquierda le dolía terriblemente pero las otras tres patas lo llevaban a través del espeso follaje. Tenía un escondite, era una especie de cueva donde siempre iba a jugar con su dueño, el patroncito.

Capataz se metió en la cueva, jadeaba intensamente con la boca muy abierta y la lengua afuera. Descansó un momento y empezó a lamerse la herida, las astillas del hueso quebrado lastimaron su lengua. El dolor era insoportable y más para Capataz, que nunca había sufrido. Intuía el peligro, sabía que lo andaban buscando, tenía que esconderse, ahí se sentía seguro, no lo encontrarían. Tenía que esconderse hasta que llegue su dueño el patroncito, el lo salvaría, sabía que el patrón viejo lo haría matar sin miramientos, a él le importaba más que nada sus animales. Capataz ya había visto matar perros, por lastimar una vaca o una oveja.

Pasó el tiempo y comenzó a tener hambre, tomaba agua y lavaba su herida en un arroyo cercano. Pero necesitaba comer. Un día recorriendo el campo en busca de algo que comer, se encontró con el perrito que había salvado del perrazo lanudo, iba a huir pero algo lo hizo detenerse, el perrito traía un pedazo de carne en la boca que lo dejó en el suelo y se fue. Capataz se acercó lentamente arrastrando su pata, olfateó la carne y luego la comió. El perrito había pagado su deuda. Capataz podría resistir algunos días más.

Capataz ya no era el mismo, era un remedo de si mismo. Ya no tenía el pelo lustroso, su figura se había desequilibrado al no poder apoyar una pata, su mirada se había vuelto desconfiada, antes se mostraba orgulloso, ahora trataba de pasar desapercibido. Este Capataz casi no tenia nada que ver con el otro, sólo el collar de cuero que rodeaba su cuello.

De tardecita salía de su escondite para buscar algo que comer. No podía cazar ningún bicho, porque no tenía velocidad, la pata rota le impedía correr. Ahí había un pedazo de carne. La iba a comer pero no, la dejó. Había visto morir perros envenenados, y era algo horrible. Avanzó unos metros luego volvió. Pasó su lengua por la boca, olió y no sintió ningún olor. Alzó su otrora orgullosa cabeza y trato de percibir algún sonido, esperaba al patroncito, sabía que iba a venir, que no lo iba a abandonar. Pero no escuchó nada. Dio vuelta alrededor de la carne y luego decidió comerla. Si estaba buena lo ayudaría a continuar, si estaba envenenada lo ayudaría a terminar con esta vida. Comió la carne y no sintió nada especial, solo un alivio en su estómago vació. Caminó unos pasos y sintió el característico ruido del motor de la camioneta del patroncito. Sus ojos recobraron el brillo natural, su cola se movió intensamente, comenzó a trotar hacia la estancia. Avanzó una veintena de metro y cayó, una terrible contracción lo paralizó, todo su cuerpo se sacudió y tembló horriblemente. Hizo un esfuerzo y pudo pararse, el ruido de la camioneta se sentía cada vez más cerca. Allí estaba la salvación, era el patroncito que venia. Con esfuerzos se incorporo avanzó lentamente podía divisar la estancia, estaba cerca, el ruido del motor se escuchaba cada vez más nítido. Con pasos vacilantes, lentos y desacompasados se dirigió hacia la estancia. El corto pelaje negro se había encrespado, como el de un puercoespín.

Los perros al verlos llegar dejaron de ladrar y guardaron silencio. Hicieron una especie de doble fila lentamente casi arrastrándose pasó Capataz. La camioneta ya se divisaba, se escuchó un grito ¡Capataz…! Capataz apareció animarse era lo que más quería oír, la voz del patroncito. Su respiración se hizo cada vez mas agitada. Una nueva convulsión lo tiró al suelo, se sacudió con intensidad, los demás perros lo miraban en silencio. ¡Capataz…! Las sacudidas se hicieron cada vez menos intensas, ya no tenía fuerzas, ya no tenía vida. Todo había terminado. La camioneta estaba a pocos metros, el grito del patroncito se escuchó más fuerte que nunca, Capataz… Capataz… pero Capataz ya no pudo escucharlo. ¡Capataz…!

Francisco Frezzini

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