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CACHAPÉ

Fermina estaba por tener su octavo hijo, parir era para ella algo natural, desde los 14 años había comenzado con la actividad de traer chicos al mundo. Los partos todos normales, sin complicaciones. Los primeros 6 chicos eran de Ramón, muy bueno pero haragán, jamás un trabajo estable. Fermina tenía que salir a trabajar de lavandera para poder comer. Un día Ramón se fue y nunca más se supo. Entoces Fermina unió su vida a Amalio, trabajador pero muy borracho. La bebida lo trastornaba.

Fermina sabía que esa noche iba a tener su octavo hijo, mando a llamar a la “comadre” para que la ayude. Desde temprano prepararon un buen fuego y calentaron agua. El cielo comenzó a encapotarse, las nubes corrían de norte a sur, al caer la tarde el cielo estaba totalmente cubierto, de espesas nubes negras, que no dejaban pasar la luz de la luna y las estrellas. La oscuridad era total, no corría una brisa, nada se movía, era como si de pronto el planeta hubiera dejado de respirar. Un trueno ensordecedor hizo templar el endeble ranchito de adobe y paja, precedido por un relámpago que lo iluminó todo, como si millones de focos se hubieran encendido al unísono. La lluvia no tardó en caer, y fue como si las compuertas del cielo se hubieran abierto.

El ranchito, se inundó rápidamente, el fuego se apagó, el candil no resistió los embates del viento. Los dolores eran más fuertes, dos mujeres en una total oscuridad luchaban por un nacimiento. Lo hacían sin quejarse, sin protestar. Es que pertenecían a una raza bravía, que aceptaba las cosas tal como venían, sin rezongos, sin maldiciones. Cachapé no nació enseguida, quizás por eso, es que nunca pudo hablar, escuchaba pero no hablaba. La vida lo había marcado desde el mismo momento del nacimiento, no le había dado ninguna chance, ninguna posibilidad. Cachapé tenía que defenderse en la vida, pero no tenía casi armas.
Sus fracciones eran finas y armónicas tenía grandes y profundos ojos negros, que adquirían intenso brillo cuando quería exponer algo, era la única manera de comunicarse con sus semejantes. Desde pequeño, día por medio iba a los campos cercanos al pueblo a buscar virutas, leñas para cocinar o calentar agua. Sus compañeros al principio lo maltrataban y se burlaban de el, pero luego aprendieron a respetar su silencio. Un día el grupo decidió carnear una oveja de las muchas que pastaban en los campos, para comer un asado. Cachapé no intervino, era incapaz de una fechoría, parecía haber traído consigo el don de la honradez. Nadie nunca le había enseñado nada al respecto, pero era incapaz de tocar algo que no le pertenecía. Sus compañeros comieron el asado y escondieron el cuero y las menudencias Ese día Cachapé pareció más silencioso que nunca y sus enormes ojos negros se refugiaron muy dentro de su rostro.

La policía recorrió casa por casa interrogando a los jóvenes, todas las declaraciones coincidieron.
Cachapé, como de costumbre estaba sentado en la rama de un árbol hamacándose suavemente. La camioneta de la policía llegó de pronto y frenó bruscamente. Descendieron varios uniformados, golpearon las manos e hicieron sonar la bocina. Cachapé contemplaba la escena con mirada serena, pero si se observaba atentamente se podía constatar un imperceptible brillo en sus ojos, como si estuviera comenzando a encender una luz de alerta.

La madre de Cachapé atendió a los policías, era una mujer relativamente joven, pero ya no tenía dientes, el pelo casi blanco. Tenía un vestido que hacia rato no se lavaba ni se cocía. –Buscamos a su hijo Cachapé- ¿Por qué lo buscan?- Anduvo robando ovejas. La madre miró directamente hacia donde estaba Cachapé con odio -¡Desgraciado! Robando ovejas, nosotros somos pobres pero jamás robamos. -¡Amalio, Amalio! El padre de Cachapé salió tambaleando del rancho.- ¿Qué pasa? –Este desgraciado estuvo robando ovejas- ¿Robando ovejas? Yo te voy a enseñar y avanzó hacia Cachapé, con la guacha en la mano. Cachapé ya se había bajado del árbol, estaba en una actitud defensiva. El padre le cruzó el rostro de un lonjazo.

Cachapé cayó e inmediatamente se levantó. Sus ojos adquirieron un extraño brillo, el mismo brillo que tenia aquel inmenso relámpago que surco el cielo el día de su nacimiento.

Los policías lo sujetaron fuertemente y no lo dejaron mover. Cachapé intentó librarse y fue arrastrado hacia la camioneta. Lo último que vio fue el fiero gesto de sus padres.

Lo metieron en un oscuro y solitario calabozo- Para que te calmes mocoso de porquería- No sabían los policías que ahí precisamente quería estar en un lugar solitario, sin que nadie lo molestara, en sus escasos 12 años no había echo otra cosa que estar solo, en la soledad es que se sentía a sus anchas. No supo cuanto tiempo estuvo encerrado, no le importaba, el tiempo no contaba para él. Lo sacaron para tomarle declaración. El juez era un hombre de aspecto cansado, aparentaba unos sesenta años.- ¿Por que lo hiciste hijo? Cachapé no intento ningún gesto, no quería defenderse, salir de la cárcel significaba volver a su casa y no quería volver. El juez lo miro detenidamente y luego dirigiéndose al comisario le dijo:- Como se les ocurre que esta criatura desnutrida sea capaz de matar una oveja y comérsela –Es que los otros lo acusaron -¡Larguelo inmediatamente!- Andá a tu casa hijo- le dijo el juez- y Ud. Comisario otra vez emplee la cabeza, razone un poco.

Cachapé se dirigió hacia su rancho, caminaba lentamente, el encierro había acentuado su debilidad, aunque nunca había sido bien nutrido, estaba acostumbrado a comer poco o no comer directamente. Caminó y caminó. Allí a una cuadra estaba del rancho.

Su madre lavaba, su padre estaba con una botella a su lado. Los ojos negros de Cachapé transmitieron lo que sentía su corazón, pareció vacilar, giró sobre si mismo y con el mismo paso cansino se dirigió a la estación de trenes.

Un carguero estaba por salir, ya empezaba a moverse, Cachapé lo corrió y subió al último vagón. El tren marchaba lentamente, haciendo chirriar las ruedas de hierro sobre las vías. Los ojos negros de Cachapé se iluminaron intensamente al divisar su rancho. El rancho de sus padres donde había pasado 12 años de vida. Su respiración se tronó agitada, algunas lágrimas descendieron por sus mejillas, entonces hizo lo que nunca había hecho en su vida, lloró, con un llanto que salía de lo más profundo de su ser, que lo convulsionó por completo.

Nadie, nunca supo más nada de Cachapé, era como si esa terrible tormenta que lo trajo al mundo, se lo hubiera llevado para siempre.

Francisco Frezzini

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